Créeme, mujer

La íntima relación de Jesús con la mujer samaritana.

¡Créeme, mujer! Suena dulce, muy dulce al oído, muy íntimo al corazón: Mira el espíritu cómo se funde en la tierra dándole nueva vida.  No te mezcles con palabras amargas cocidas en la hostilidad de los hombres, palabras agujereadas, palabras llenas de prejuicios, libérate de ellas. La única manera de afrontar las heridas y las divisiones es señalar los prejuicios y disolverlos; las normas de pureza y repudio son atavismos ancestrales asentados en el miedo y la ignorancia pero no en el amor de Dios; emprender el camino del encuentro, el camino de las palabras fértiles, las palabras nutricias, las palabras luminosas, es la solución, no hay otro camino, la luz viene a pesar de las luchas.  [i]

La empatía compasiva de Jesús no tiene límites y alcanza profundamente a la mujer samaritana -que se siente segura con él- para romper ella con las normas de la tradición y las hostilidades entre ambos pueblos. Ella acepta la palabra de Jesús, el judío extranjero. Descubrió con Jesús que la verdad estaba en su vida y en la vida, no en las construcciones religiosas y culturales y excluyentes que hacían y hacen los hombres.

Créeme, mujer. Sanar los corazones es lo que desea el Padre, colmar y despertar el hambre de ser de todo ser humano. ¡El hambre de ser! Detrás de todo sufrimiento humano hay un hambre infinito de ser persona y vivir con dignidad. El lugar no decide lo sagrado como tampoco el tiempo. Hoy puede ser la eternidad. La ofrenda que acoge Dios es tu persona.  “En espíritu y de verdad, ése es el culto que quiere el Padre”. Estar ahí y amar. Despertar la memoria profunda. Despejar los desencuentros ancestrales del horizonte para el encuentro con Dios, de las razones sagradas, traigo una sabiduría y un conocimiento nuevos, un culto nuevo, el del amor: Créeme, mujer. Hay algo más grande de lo que somos y está creciendo aquí “en espíritu y de verdad”

Piensa samaritana, que los campos que son ahora impensables de cosechar, ya están dando sus frutos, tienes que extender los límites de tu propio mundo, mirar cómo los trasciende el espíritu; aprende a vivir sin esconderte; enderézate para nutrir un nuevo encuentro con el mundo. No volveréis a andar las mujeres escondidas: “Ve y trae a tu marido”. El culto que quiere el Padre es tu verdad desgarrada y agarrada al viento de la vida. Trae tu vida que importa y mucho en el culto que quiere el Padre. Dilucida lo que ves en tu pozo, mira bien, hasta que salte tu realidad más honda; no mires con ojos ciegos, mira con la luz de los míos, ahí estoy yo dando vida. El agua que te daré es el agua del despertar, despertar las posibilidades de una vida nueva, despertar la tierra y los cielos. Te traigo el idioma de las estrellas, Samaritana. Mira la vida con la luz de tus ojos! Créeme, mujer! Son los míos pegados al viento del espíritu.

 

¡Créeme, mujer! Te traigo una vida nueva escrita con estrellas, entra en ella, que la quiero compartir contigo, te adentrarás en el corazón de Dios, “es el culto que quiere el Padre”. Lo nuevo no se puede buscar en lo anterior, porque no lo precede nada. El tiempo sagrado es un tiempo creativo, el tiempo sagrado es un tiempo curativo; no te dejes arrastrar por la aflicción, te arrebata tu energía. Siente cómo respiras conmigo. Siente cómo respira el mundo.  Deja respirar tu dignidad, tus ansias de respeto porque ya ha llegado la hora de que no sea la frustración, la rabia, el rencor, la impotencia de ser mujer y samaritana los que aten y distorsionen tu corazón; Yo soy el camino, ahora recorrerás tus pasos de la casa al pozo en una nueva bendición. ¡Créeme mujer! Ven corazón exhausto y fatigado que nunca encontraste quien fuese capaz de recibir tu amor, ven a perderte en el Océano de mi corazón.

Yo vengo a romper fronteras, pero tú, Samaritana, tienes que romper las tuyas, para ver cómo mi alma se vierte en la tuya, tú ya has absorbido su fragancia. La luz que tú buscas ya está dentro de ti adentrándote en el verdadero amor. “El agua que yo te dé se convertirá dentro de ti en manantial que brota dando vida eterna”.

 

¡Créeme, mujer! El amor es una palabra profundamente maltratada, tanto como el verdadero amor; por eso es tan difícil encontrarlo. Es hora de que recobre su vida y su vigor, lo hará, no tengas miedo, no desconfíes. “En el amor no cabe el temor, el temor desaloja al amor”. No te escondas, deja de vivir con miedo; no te calles, porque el reino que yo anuncio está lleno de Palabra, está libre de prejuicios y crece abundantemente el respeto, la concordia y el encuentro; brillantes candelas que iluminan el camino del amor. No dejes de buscar el amor. Ama, samaritana, aunque sea torpemente, deja de mirar desde los prejuicios para empezar a verte, a quererte con tus ojos y podrás volar en el viento de la vida, y apagar tu sed y pedir miel a las tinieblas. Conmigo “serás como una vid fructífera trepando sobre un muro” Quiero creer que Jesús, la vid auténtica, trepando por el muro de la hostilidad entra en la vida entera de esta mujer y, ella, en la intimidad de Dios, diciendo como la esposa del Cantar “hallé al que ama mi alma”

 

¡Créeme, mujer! Yo soy  el árbol de la vida, sus raíces  están en el firmamento y sus frutos en la tierra: relaciones nuevas para el combate de la vida, palabras como estrellas que se encienden en las manos de los hombres y las mujeres, vengo a restituir  la tierra traicionada, créeme, mujer.  Ha llegado la hora en que “ya se muestran en la tierra los brotes floridos, ya ha echado la higuera sus brotes, ya las viñas en flor esparcen el aroma”.

Es la hora de la bondad y el respeto, de aprender a reconocer la valía de los otros, a vivir la gratitud y gozarse en la gratuidad y la generosidad  de Dios. No volverás al pozo de Jacob a sacar agua dolida. Tu rezo no será como el de él, cuando decía “No te abandonaré hasta que me hayas bendecido”. A partir de ahora gritarás: No te abandonaré aún cuando me hayas bendecido. No volverás a estar sola. La eternidad está en ti deseando desbordarse, beberás del manantial de la justicia y probarás la fuente del amor. Te dejas el cántaro, ultrajada de la vida, y te llevas mis rosas; ése es mi don: Crear espacios de concordia y amistad, cambiar el tiempo de la humillación por el tiempo del respeto y la libertad; ya ha llegado su hora. Has entrado de lleno en el misterio del Mesías. El agua que te pido es que llenes de estrellas el camino para que crezcan los jazmines y las rosas, que alces tu voz, para que cante la alondra. Es la hora sexta, la del sol sofocante, y se llenará la tierra del agua de la vida, para que a nadie más le falte el amor. Eres mi fuerza, eres mi palabra. Ya no se consagrará la exclusión en nombre de Dios, ya no se quitará más vida, ni se arrinconará  a nadie en la soledad.  En mí está toda la potencia de comunión con el mundo. En mí y en ti. De ti lo celebro, Sólo el amor purifica el corazón.

 

“Levántate ya amada mía, hermosa mía y ven, que se ha pasado el invierno, y han cesado las lluvias”.

¡Créeme, mujer!

No quiero lo que el mundo te ha puesto, quiero lo que apenas eres. Fíate de mí. Llega un tiempo nuevo sin fronteras, en el que podrás escuchar desde tu vida toda la creación en ti. Lo que has vivido es doloroso, pero también te hace ser valiosa y singular. Llega un tiempo nuevo que va a resonar en tu vida. Mujer conmigo puedes beber de otras aguas y puedes dejar atrás el lodo del odio, la humillación y la vergüenza; abandona el lenguaje del resentimiento. La realidad cambia conmigo en la dirección de la bienaventuranza. Rompe con los andamios que crees que te sostienen y te crean, déjame ser a mi quien  sostenga tu vivir. “La flor que eres es la que quiero, no la que me das”. Es el tiempo de crecer, confiar y esperar; de recibir la abundancia de la vida. Es la hora sexta, la hora de la soledad de las mujeres con el cántaro; brotarás del suelo como llama encendida desde tus pasos, se apagará tu sed; te llevaré donde nace la luz y no cesa el manantial; te traigo el Dios de la mano tendida, el del amor verdadero, el que repone la confianza humana, sorbo a sorbo, hambre a hambre. Las luchas del culto y del templo son un pozo negro, buscando a Dios se han alejado de él. Créeme mujer. Ellos  se han perdido,  creían que buscaban a Dios y sólo se buscaban a sí mismos y afianzar su poder.  Fíate de mí, te estoy hablando con palabras verdaderas y salen enteras del corazón de Dios, y eso, es un milagro.

Créeme, mujer. El alma de la oración es infinita, y no tiene ni principio ni fin, no es ni en el monte ni  en el templo el lugar del culto, es en el corazón. Ríndete al amor. Déjate amar. Ellos no han valorado a Dios en su justa medida No hay que ir a ningún lugar, el mundo entero es la belleza de Dios. Nada hay fuera de Él. Moras en su corazón, tu imagen está en sus ojos.

“Dices bien, no tienes marido” En el anonadamiento ante Dios puedes quedarte en tu pequeñez o en tu grandeza, vivir en tu estrechez o vivir en la inmensidad de Dios. Deja que viva el misterio de Dios en ti, el único altar sagrado es tu corazón, que conmigo es manantial que brota dando vida eterna. Dona mi don, la gratuidad es la fuente de mi vida que cura las raíces dolorosas del corazón. No te repliegues, el deseo de Dios es abrir la mente y el corazón humano a sus infinitas maravillas. Cuida las palabras, porque son la posibilidad de comunión que tenemos con el mundo: No te quedes con mi palabra, déjala vivir. Escucha su vida en ti  y en los hombres y mujeres del mundo y, verás cómo se funde la esperanza con la luz.

“Prendiste mi corazón, hermana, esposa, prendiste mi corazón en una de tus miradas, en una de las perlas de tu collar”.

Sé que cuando venga el Mesías nos lo contará todo”. Dice Samaritana a Jesús

 Yo soy el Mesías, el que habla contigo” le dice Jesús a ella. Yo soy el Mesías es la respuesta de Jesús al mal del mundo. Estar con nosotros es lo que define al Mesías. “El que habla contigo”. Debió recibir con gran asombro Samaritana la intimidad de Jesús, a ella le entrega su intimidad, le confía la experiencia que tenía de sí mismo, y este evangelio nos hace testigos de ello. Una confesión que tuvo que provocar un movimiento sísmico  en el  corazón de aquella mujer samaritana,  y que ella aceptó con paz. El amor es la luz que despierta la vida. Jesús en su paso por el mundo abría el cielo al mismo tiempo que el corazón y la vida. El espíritu no para, siempre está llegando, dando sabiduría y luz a los que se acerquen a Él  ¡Créeme, mujer!

 “Antes que refresque el día y huyan las sombras, vuelve amado mío”.

[i]  https://elblogdemaribelserrano.com/jn-4-1-45-jesus-y-la-samaritana/

Nota: Termino con el pasaje de la Samaritana.

El próximo evangelio sobre el que reflexionaré será el de: “Jesús da de comer a 5000 personas”, el evangelio de la ética por excelencia y de la Comunión universal de los  seres humanos.

 

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