Jesús y la samaritana

Juan 4, 1-45

 

 

Los fariseos se enteraron de que Jesús tenía más discípulos y bautizaba más que Juan –si bien eran sus discípulos los que bautizaban, no él personalmente-.  Cuando Jesús lo supo, abandonó Judea y se dirigió de nuevo a Galilea. Tenía que atravesar Samaría. Así que llegó a una aldea de Samaría llamada Sicar, cerca del terreno  que Jacob dio a su hijo         José –allí se encuentra el pozo de Jacob- Jesús, cansado del camino, se sentó tranquilamente junto al pozo. Era mediodía. Una mujer de Samaría llego a sacar agua.

Jesús le dice:

-Dame de beber –los discípulos habían ido al pueblo a comprar comida.

Le respondió la samaritana:

  • Tú, que eres judío. ¿cómo pides de beber a una samaritana? –los judíos no se tratan con los samaritanos-.

Jesús le contestó:

  • Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.

Le dice  (la mujer):

-Señor, no tienes cubo y el pozo es profundo, ¿de dónde sacas agua viva? ¿Eres, acaso, más poderoso que nuestro padre Jacob, que nos legó este pozo del que bebían él, sus hijos y sus rebaños?

Le contestó Jesús:

-El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, pues  el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna.

Le dice  la mujer:

  • Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed y no tenga que venir acá a sacarla.

Le dice:

  • Ve, llama a tu marido y vuelve acá

Le contestó:

  • No tengo marido.

Le dice Jesús:

-Tienes razón al decir que no tienes marido; pues has tenido cinco hombres, y el de ahora tampoco es   tu marido. En eso has dicho la verdad

Le dice la mujer:

  • Señor, veo que eres profeta. Nuestros padres daban culto en este monte; vosotros en cambio decís que es en Jerusalén donde hay que dar culto.

Le dice Jesús:

-Créeme, mujer, llega la hora en que  ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre. Vosotros dais culto  a lo que desconocéis, nosotros damos culto a lo que conocemos; pues la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico darán culto al Padre en espíritu y de verdad. Tal es el culto que busca el Padre. Dios es Espíritu y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y de verdad.

Le dice la mujer:

-Sé que vendrá el Mesías  -es decir Cristo- , Cuando él venga, nos lo explicará todo.

Jesús le dice:

-Yo soy, el que habla contigo.

En esto llegaron  los discípulos y se maravillaron de verlo  hablar con una mujer. Pero ninguno le preguntó qué buscaba o por qué hablaba con ella.

La mujer dejó el cántaro, se fue a la aldea y dijo a los vecinos:

-Venid a ver a un hombre que me ha contado todo lo que yo he hecho ¿no será el Mesías?

Ellos salieron  de la aldea a acudieron a él. Entretanto  los discípulos le rogaban:

-Rabí, come

El le dijo:

-Yo tengo un sustento que vosotros no conocéis.

Los discípulos comentaban:

-¿Le habrá traído alguien de comer?

Jesús les dice:

-Mi sustento es hacer la voluntad del que me envió y concluir su obra. ¿No  decís vosotros que faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: Levantad la vista u observad los campos clareando ya para la cosecha. El segador ya está recibiendo su salario y cosechando  fruto para la vida eterna; así lo celebran sembrador y segador. De ese modo se cumple el refrán: Uno siembra y otro siega. Yo os he enviado a cosechar donde no habéis trabajado. Otros han trabajado y vosotros habéis entrado a aprovecharos de su trabajado

En aquella  aldea muchos creyeron en él por lo que había contado la mujer, afirmando que le había contado todo lo que ella había hecho. Los samaritanos acudieron a él y le rogaban  que se quedara con ellos. Se quedó allí dos días y muchos más creyeron en él, a causa de su palabra; y decían a la mujer:

-Ya no creemos por lo que nos han contado, pues nosotros mismos hemos escuchado y sabemos que éste es realmente  el salvador del mundo.

Pasados  dos días se trasladó de allí a Galilea. Jesús mismo había declarado que un  profeta no recibe honores en  su patria. Cuando llegó a Galilea, lo recibieron los galileos que habían visto lo que hizo en Jerusalén durante las fiestas: pues también ellos habían acudido a las fiestas.

 

 

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *